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Jaime Nubiola
Catedrático de Filosofía en la Universidad de Navarra
Interesado en Filosofía, Humanidades, Estilo de vida
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Juicio histórico a la Iglesia Católica
Publicado el 07 de dic. 2016

Todos los indicios de la actuación del nuevo papa, Francisco I, indican que se propone hacer una auténtica renovación en la Iglesia católica, que buena falta le hace. Pero para ello no basta con condenar los hechos deplorables acaecidos en las últimas décadas, sino en el transcurso de toda su historia. Jesús otorgó al apóstol Pedro la responsabilidad de crear una organización de creyentes adeptos a su doctrina, y con ello estableció un dogma fundamental: su divinidad, basada en el misterio de la Trinidad. Precisamente fue la defensa de ese dogma la causa pretextada para el posterior comportamiento "anti-cristiano" de la Iglesia católica.

Herejías e intereses temporales de la Iglesia católica

La imposibilidad de descifrar el "misterio" de la Trinidad llevó a mentes más racionales a cuestionarlo y hacer la personalidad de Jesucristo más "humana" y comprensible, como fue la interpretación del presbítero de Alejandría, Arrio, o del filósofo aristotélico Aberroes. Pero también se prestó a interpretaciones todavía más fantásticas, como las predicadas por el persa Manes, "maniqueísmo", que dio origen a las herejías de los albigenses o cátaros del mediodía francés, para finalizar con el cisma protestante del monje agustino Lutero. La iglesia católica persiguió con medios crueles y violentos todas estas herejías, pero no inspirada por el celo de la defensa de las doctrinas cristianas, pues la mayoría de los llamados herejes llevaban una vida más ejemplar que las corrompidas costumbres del clero católico de su tiempo, sino por defender un orden social, político y económico creado por la propia Iglesia católica a partir de la conversión de Constantino. Desde ese momento el catolicismo se convertirá en un poder temporal "inspirado por el Espíritu Santo", quien le confería el poder "divino" y la infalibilidad del Papa. Con estas poderosas prerrogativas, a partir del tercer concilio de Letran, en 1215, y promovido por el prepotente Inocencio III, dieron comienzo atroces persecuciones que terminaron con la creación del nefasto tribunal de la Inquisición.

Bondades y horrores de la cristianización de Occidente

El hecho de que los cristianos nos hallamos matado unos a otros con crueldad y saña, y que, lejos de redimirnos, hallamos llegado a crear arsenales nucleares capaces de destruirnos mutuamente, me sugiere la idea de que tal vez hubiera sido mejor no habernos cristianizado, y dejar que el desarrollo natural de la mente humana hubiera traído otro modelo de civilización, posiblemente menos dogmático y más razonable. Esta era la opinión de Voltaire o de Rousseau. Sin embargo la doctrina moral del cristianismo es básicamente buena. El mal, por tanto, no estaba en el cristianismo sino en su Iglesia. Ambiciosa, corrupta y fanática, la Iglesia católica del medioevo no vio la figura de Jesús como un Mesías redentor, sino como un "Rey de Reyes"; es decir, como un "Jefe de estado universal" que vino al mundo para reclamar su "reino temporal", del que los papas de Roma eran sus legítimos herederos.

El Vaticano constituyó un "estado eclesiástico", con un "Senado" compuesto por cardenales, obispos, priores y abades del mundo evangelizado, y armado de la excomunión, el entredicho, las bulas y las indulgencias, pero también con la espada y la tortura, y contando con la credulidad de sus feligreses y la ayuda de ordenes beligerantes como los agresivos dominicos, se lanzó a la conquista del mundo conocido, con la noble excusa de "cristianizarlo". La herejía, por tanto, no era solo una cuestión religiosa sino también de "Estado", y como tal debía tratarse y castigarse. Nada más ilustrativo de la crueldad de la Iglesia católica medieval que esta cita de un relato provenzal. Un caballero francés que se prepara para la toma de Beziers, pregunta al legado del papa: "¿Cómo distinguiremos a los herejes de los católicos?". A lo que el legado responde: "Matarlos a todos, que ya los distinguirá Dios luego". Hasta la llamada "Guerra de las investiduras", el estado eclesiástico ejerció despóticamente su poder en la Europa cristianizada, despojando de sus territorios hereditarios a los nobles que se negaban a sus designios, interfiriendo en la política de la ya de por sí compleja y violenta política de la nobleza europea y utilizando la religión para enriquecer obispados, conventos y abadías con falsas denuncias de ricos homes, sobre todo de judíos. Puede decirse que hasta mucho después de la Revolución francesa los estados no consiguen una efectiva separación de la iglesia y el estado.

Paradojas de la historia

Por desgracia toda organización que detecte alguna forma de poder y esté basada en una estricta jerarquía, sea política, económica o religiosa, termina por corromperse, y la Iglesia católica no ha sido una excepción. Lo censurable de la historia del catolicismo no es la defensa de sus dogmas y ritos, sino que al hacerlo conculcaba dos principios fundamentales de la moral cristiana, y que han sido la causa de todos sus cismas y supuestas herejías, como son el voto de pobreza y limitarse a los asuntos de la conciencia sin inmiscuirse en los políticos. Cualquier cristiano que conociera estos dos pasajes de los evangelios: "Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" y "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos" tenía argumentos suficientes para ser cismático. Y así ha sido.

 

Si el catolicismo pretende recuperar su credibilidad y conseguir nuevos feligreses, no solo entre los pobres y desheredados, sino también entre las clases medias más razonables y educadas, y sobre todo entre los ricos, que están más necesitados que ningún otro de una urgente re-evangelización, no solo debe condenar sus abusos históricos, sino en adelante trasmitir con ejemplaridad y transparencia el mensaje moral de Jesucristo. Esta parece ser la intención del nuevo papa. El gran Chateaubriand escribió en defensa del catolicismo: "El cristianismo solo espera un genio superior venido a su hora, y ocupando su lugar" ¿Será este genio Francisco I" Sería una paradoja del destino que fuera precisamente un jesuita quien llevara a cabo esta necesaria renovación, pues esta orden fue expulsada de la mayoría de estados donde cuajaron las ideas de la Ilustración y liberales, e incluso fue disuelta en una ocasión por el papa franciscano Clemente XIV, por desacato e intromisión en la política interna de las naciones donde operaban.  

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