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Instinto, Fe e Intuición: los tres sentidos innatos
Publicado el 12 de nov. 2016

Es obvio que Platón ignoraba la evolución y se hubiera escandalizado si alguien le hubiera dicho que él mismo descendía de un mono. Para él debía de haber un mundo donde estaban las esencias, inmutables y eternas. Ese mundo era el de las ideas que preceden a las cosas.

Esta conclusión es perfectamente razonable, ya que si me propongo construir una casa necesito una idea previa de la casa, pero solo es válida en un entorno cultural y no en el natural. Una rosa real no emana de la idea de una rosa ideal. A pesar de esta incongruencia, la filosofía de Platón nos dejó dos importantes legados: el idealismo y la transmigración.

El idealismo sugiere que podemos cambiar la realidad si tenemos una idea de lo que deseamos cambiar, y la transmigración sugiere que los seres humanos estamos constituidos por un cuerpo temporal y perecedero y una idea de nosotros mismos, inmutable y eterna, compuesta por el alma y la mente, que para unos procede de Dios y para otros del cosmos.

Aristóteles, que era médico y por tanto tenía una mentalidad más analítica, niega ambas tesis por improbables, y, en oposición a su maestro, argumenta que el alma y la mente emanan de la materia y residen en la forma.

De esta filosofía natural solo se induce un sentido innato e intrascendente vinculado a la materia, como es el instinto, que es la causa de nuestros presentimientos, mientras que en la de Platón se induce la existencia de dos sentidos innatos que nos trascienden vinculados a las ideas: la fe y la intuición; es decir, una idea innata de las cualidades de nuestra alma y de nuestra personalidad.

Nuestra personalidad no puede surgir de nuestra “circunstancia“, pero es en la circunstancia donde están las claves para descubrir nuestra personalidad. Para desvelar estas claves está la ?intuición?, que sirve de nexo entre lo divino y lo humano, y para creer en la certidumbre de lo que intuimos está el sentido innato de la fe.

Si vivir es el resultado de la catarsis que se produce en el instante de la formación de nuestro embrión, en que se une a la transmisión genética un contingente de energía cósmica, el alma para la teología, donde está escrito nuestro destino, y que activa la vida y sus sentidos, incluidos los innatos de la fe y la intuición, morir debe ser lo opuesto a vivir, o la realización de nuestro destino, la desactivación de los sentidos y la separación del cuerpo del contingente de energía que activó la vida.

Pero si el contingente de energía que activó nuestra vida contenía nuestros sentidos innatos, tras la muerte contendrá aquellos adquiridos en el transcurso de nuestra vida, cuyos valores y entendimiento habremos mejorado o empeorado, por nuestro buen o mal comportamiento y formación intelectual o artística, cuyo juez será nuestra propia conciencia.

Como es probable que esta energía se incorpore por transmigración a un nuevo embrión humano, sus cualidades y personalidad dependerá del estado en el que la hayamos dejado nosotros en el transcurso de nuestra vida. De esta manera nuestro comportamiento condicionarán tanto el destino como las cualidades y la personalidad del nuevo embrión gestado, y, en un sentido más universal, las virtudes y el entendimiento de toda una generación.
 

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