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Más filosofía y menos fantasía
Publicado el 22 de nov. 2016

No es verdad que soñar no cuesta dinero, porque todo el cataclismo financiero y económico actual tiene su causa en una peculiaridad psicológica de los norteamericanos: primero sueñan, luego piensan.
Poco podía sospechar el historiador estadounidense James Truslow Adams que su ocurrente frase pudiera darnos tantos males de cabeza a los europeos. Pero ¿de dónde procede la idea del Sueño americano? ¡De Inglaterra, unos años antes de la colonización de lo que hoy es el estado de Massachussets!
La intolerancia religiosa de Enrique VIII, y de su flamante Iglesia anglicana, provocó la migración de los puritanos protestantes, y un centenar de ellos, tras una serie de incidentes y cambios de planes, decidieron fundar una ?Nueva Jerusalén? (origen del sueño americano) en el norte del Nuevo mundo (porque el sur ya estaba colonizado por los soñadores españoles). ¿Cómo?: Interpretando correctamente la Biblia.
Para ello tuvieron que hacer una complicada síntesis entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pues en uno había que castigar diente por diente (siguen sin abolir la pena de muerte) y en otro había que ofrecer la otra mejilla. ¿!?
Por tanto, la Norteamérica actual es el resultado de la evolución del sueño inicial de la Nueva Jerusalén, pero con la incorporación de Wall Street, Hollywood y últimamente Silicon Valley.

En el principio fue un sueño

Los colonos del Myflower vivían en plena eclosión del racionalismo europeo. John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano en 1666, pero ellos embarcaron en 1620 y en las colonias todavía no había librerías. Por eso no reflexionaron mucho a cerca de sus propósitos, es decir, de su sueño, pero si tenían algo claro: tolerancia cero para los injustos sistemas políticos absolutistas de la vieja Europa.
Con esta combinación (enseñanzas de la Biblia y lo poco que habían podido asimilar de los filósofos racionalistas europeos) fueron capaces de hacer la primera revolución social moderna, donde el pueblo (una idea progresista del concepto europeo de plebeyos) tenía como meta fundamental el derecho a ser feliz; es decir, ¡a soñar despierto!
De manera que mientras los europeos aprendíamos a pensar razonablemente para ser felices, lo nuevos americanos aprendían a soñar felizmente para ser razonables.
Así es que Martin Luther King soñó con los Derechos civiles. Años después Kennedy fue incapaz de justificar razonablemente la utilidad de ir a la Luna, porque era su sueño. Recientemente los Demócratas han creado un movimiento para contrarrestar el conservador Tea Party llamado, ¿a qué no lo adivinan? ¡Pues claro, hombre, The American Dream Movement?. Un sueño americano que es la pesadilla europea

Lo mejor del sueño americano es que ha generado un extraordinario caudal de creatividad; lo peor es que se trata de una relación irracional entre los propósitos y el resultado. Para lograr el sueño americano no hace falta ser razonable, basta tener fe, ser creativo y ser una persona de acción, sin poner demasiada atención a los medios, pues ¡el sueño justifica los medios!
Crear un burbuja financiera es perseguir un sueño sin que nos importen los medios, y desde la ?feliz era neo-liberal Reagan-Tatcher? el mundo ha vivido una explosión de creatividad financiera inflable sin precedentes (el crac del 29 fue una mala copia). La vieja Europa se vio atrapada sin remedio ni recursos para oponerse (no era más que el salami del bocadillo de las dos potencias de la Guerra fría), y de la mano del Reino Unido se contaminó del sueño americano, abandonando su racionalismo penosamente asimilado surgido de la Ilustración y la Revolución francesa. ¡Naturalmente que fue un actor el encargado de vendernos el sueño (inflable) americano!
A partir de la década de los 90 Europa se integra y se desintegra al mismo tiempo. Mientras se abren las fronteras se separan las mentalidades.
La Europa del norte se resiste a la invasión del sueño americano, porque considera que no se puede soñar más de lo que sea razonable, mientras que la del sur, que nunca se vacunó contra la fantasía, cree que para ser feliz no hace falta ser razonable (y lleva razón, pero eso no soluciona el problema). Veinte años después los hechos han probado que el norte llevada razón, pero puede que ya sea demasiado tarde para que en el sur cambiemos de mentalidad y nos volvamos más razonables. No se trata de un matiz cultural; se trata de nuestra supervivencia.
Desinflado y desprestigiado el sueño americano, la juventud soñadora de la Europa contaminada por el sutil veneno se indigna y reacciona, pero no lo hace razonablemente, sino cambiando un sueño foráneo por otro local más radical y revolucionario twiteando y posteando frenéticamente y sin mucho sentido en todas las redes sociales disponibles, pues el problema ya es demasiado complejo como para entenderlo razonablemente.

¿Qué podemos hacer?

Ni que decir tiene que lo primero es dejar de soñar como niños recalcitrantes y caprichosos y no permitir nunca más que nuestras ideas embotadas sean una mera comparsa de nuestras enloquecidas emociones y sensaciones, aunque vaya contra nuestra propia tradición histórica anti-racionalista (¡Perdón, don Ortega!). Debemos conseguir poner en orden nuestras ideas, haciendo que casen entre sí y que se entienda unas con otras, utilizando un lenguaje común y coherente, de manera que nos demos cuenta de la magnitud del problema y podamos llegar a entender verdaderamente lo que nos sucede. Para esto no hace falta hacer una revolución, pues si es razonable debe ser parte de la evolución.
A este ejercicio mental se le puede dar el nombre que se quiera, pero en nuestra tradición cultural occidental se le llama Filosofía. Por tanto la receta es simple: ¡Más filosofía y menos fantasía!

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