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Jaime Despree
Escritor, periodista independiente y filósofo amateur
Interesado en Filosofía, Ciencias sociales, Literatura
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No hay mal que por bien no venga
Publicado el 08 de jul. 2017

Esta es una historia verídica, pero algo difícil de creer. Si tengo noticias de ella es porque se trata de un caso muy comentado en mi barrio. Tal vez las comadres exageren un poco, por lo que no me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar a alguna joven casadera, y que no esté muy convencida de la conveniencia de su matrimonio.
Es la historia de Christine Schneider, una joven dependienta de una franquicia de Schelecker, en el barrio de Alt Leitzow, lo que en tiempos fuera una pequeña y coquetona aldea, hoy parte de Willmersdorf. 

La joven era bajita, simpática y miope, pero con lentillas puede decirse que era una joven atractiva. Por desgracia las gafas de ojo de pez le deformaban algo su menudo y gracioso rostro, y con esto un lector inteligente e imaginativo ya deben haberse hecho más o menos una idea de su aspecto y carácter.

Christine tenía un novio que gozaba de una excelente situación laboral, pues estaba empleado por la ciudad como experto en el mantenimiento de alcantarillas, pero dada su juventud, por el momento tenía la responsabilidad de lo que podríamos llamar «alcantarillas menores», pero aún no gozaba de la confianza necesaria para ocuparse de las que discurrían bajo las grandes avenidas y otras áreas urbanas de especial responsabilidad, como el barrio de las embajadas.

Como el sueldo de alcantarillero menor no era precisamente para despilfarros, y el de ella no era más espléndido, descontando impuesto y seguridad social, pasaban los días y los años sin que la pareja se decidiera a dar el paso del matrimonio. Pero el mismo día en que Hans (el novio alcantarillero) cumplió los 38, recibió la feliz noticia de su ascenso, y en adelante tendría bajo su responsabilidad ciertas alcantarillas próximas al Reichstag y al Gobierno federal. En unos años más, y si hacia méritos suficientes, podría ver culminado su sueño de moverse con familiaridad bajo la más alta magistratura del país. De manera que se decidió la boda.

La madre de Christine, una mujer sensata y ahorradora, de las que vivieron los años de penuria de la postguerra, sugirió a su hija que dado que la distancia entre su casa y el juzgado de Paz era de apenas 50 metros no valía la pena que alquilaran un coche, y podía hacer en trayecto perfectamente a pie. Con el ahorro la buena mujer calculó que le llegaría para la tarta nupcial y una caja de botellas de champán de mediana calidad, pero francés.

—Si el tiempo es bueno, hija, hasta será agradable darnos este paseito.
—¡Pero mami, la cola del vestido llegará hecha un asco!
—Ya lo arreglaremos, mujer, que te ahogas en baso de agua. ¡Cómo se ve que no has pasado una guerra!

Quedó todo acordado y apalabrado para el viernes de la primera semana del mes de mayo, justo tres días antes de que Hans estrenara su nueva ruta de alcantarillas de mayor prestigio.

Llegó el día señalado, pero la naturaleza no estaba por la labor, y amaneció un día frío y húmedo que amenazaba lluvia. Para colmo había diluviado el día anterior y las calles estaban todavía encharcadas. En vano la pobre Christine se quejó a la madre, argumentado que era más importante su vestido de novia que la tarta o el champán francés barato, pero ella insistió:

—¡Pero si son cincuenta metros, mujer! ¿Para qué están los paraguas?
No hubo nada que hacer y la ahorrativa madre se salió con la suya. Ya en el ascensor tuvieron las primeras dificultades, pero ni comparado con lo que les esperaba. El primer contratiempo serio lo tuvieron al pasar por debajo de un frondoso tilo del jardín, que por una inoportuna ráfaga de viento dejó caer sobre la infeliz novia toda el agua acumulada en sus hojas, ¡ý ella sin paraguas! Con precaución salieron a la calle, y mire usted por donde el niño del cuarto tenía que estar jugando a la pelota en ese precioso instante, y la pobre Christine recibió un sendo balonazo en el trasero, lo que dejó una geométrica mancha de barro en semejante parte del vestido. A la chica casi le da un ataque, pero la madre, decidida a salirse con la suya, le comentó:

—¡Poniendo la cola por encima ni se verá! —y prosiguieron su camino.

Cruzaron la calle justo en el momento en que pasaba la camioneta de un pintor-empapelador muy conocido en el barrio, cargado con sus utensilios de faena habitual, y por no pillar a la pobre muchacha, que como es natural caminaba con cierta torpeza, dio un giro brusco y uno de los botes de pintura salió por los aires y fue a caer justo a los pies de la desdichada, que se abrió y parte de la pintura ¡roja! decoró sus lindos zapatitos de casadera, además de afectar ligeramente a los bajos del vestido, pero la madre insistió:

—¡Si parece que fuera parte de la decoración del vestido! No te preocupes mujer,  dentro de media hora estás casada y ya da igual! —y prosiguieron su penoso camino.

No andaron ni diez metros sobre la acera cuando pasó el típico gamberro con su BMW amarillo descapotable a toda marcha y «pisando charcos», y uno de ellos, con probabilidad el más caudaloso, estaba justo enfrente de la pareja de las desdichadas mujeres cuando el gamberro pasó sobre él a toda velocidad. La madre, que no era tonta y había previsto semejante posibilidad, ni se mojó, porque andaba justo en el lado opuesto de la calle y la hija la cubría completamente. Pero la pobre Christine quedó simplemente hecha un asquito de verdad.

—¡Yo no me caso, madre; estoy empapada hasta la diadema, el vestido está hecho un asco y los zapatos se pegan al suelo por la pintura! ¡Que no me caso, y ahora mismo me vuelvo a casa!

—¡No seas irresponsable, hija! ¿Qué va a pensar tu Hans? ¿Te crees que sobran los pretendientes para una chica miope, bajita y tan poca cosa como tú? ¡Anda, sigue adelante que sólo son treinta metros más, te casas con el alcantarillero y en paz!
Empapada, contrariada, medio cojeando, gimoteando, pero también desproticando, las dos mujeres continuaron su penoso camino hacia el juzgado. 
Ya se divisaba la docena de invitados en los jardincillos del juzgado, y al novio entre ellos, cuando sucedió lo inevitable, pues con aquellas trazas la pobre chica tenía serías dificultades para mantenerse en pie, y al intentar cruzar la calle, a unos metros de los brazos de su futuro marido, dio un fatal traspiés al bajar la acera ¡y se calló literalmente de culo sobre un inmenso charco de agua embarrado!, pues no hacía ni dos minutos que el barrendero local había dejado allí mismo su montoncillo de basura con la intención de recogerla después, pero ya no hizo falta, pues quedó impregnada en su precioso vestido, que definitivamente dejó de ser blanco para tomar un tono viscoso e indescriptible.
Ridículamente sentada sobre el charco, con una lentilla menos y uno de los zapatos rojos en paradero desconocido, la pobre Christine se deshizo en un llanto histérico, mientras pataleaba y agitaba los brazos fuera de sí.
—¡Madre, madre; así yo no me caso y en paz! —gritó la muchacha.
El novio, que escuchó los gritos, corrió en su ayuda. La puso a salvo de nuevas desgracias y sacudiéndole el vestido con cierta repugnancia por los envoltorios de helado y algún resto de salami pegados, sólo se le ocurrió recriminarla:
—¡No te da vergüenza presentarte con estas trazas el día de tu boda! 
Christine se armó de valor, recuperó el ánimo, se sujetó con una mano en una farola para no perder el equilibrio y con la otra le arreó una soberana bofetada al novio desconsiderado. Después, con aire marcial y la cabeza bien alta, propio de quien tiene toda la razón del mundo y acaba de tomar una gran decisión, dio media vuelta con la intención de volverse a su casa. 
Pero tal altivez, más la circunstancia de tener un zapato y una lentilla menos, le impidió ver el Mercedes descapotable que en esos precisos momentos bajaba por la misma calle en dirección al juzgado, y antes de darse cuenta se produjo la inevitable colisión. 
La escena es la siguiente: El Mercedes circulaba a poca velocidad, por lo que pudo frenar a tiempo. Christine tropezó contra una de las puertas, dio una voltereta en el aire y calló literalmente en los brazos del conductor sin el menor daño ni rasguño. Instintivamente la chica se abrazó a él, quien se encontró con una novia en sus brazos, así sin esperarlo ni siquiera sospecharlo. 
Al principio reinó cierta confusión, después, poco a poco, la escena empezó a hacer sus efectos, y poco tiempo después la gente que la contempló se moría de risa. ¡Christine y su joven, apuesto y rico futuro marido, que todo hay de decirlo, los que más; y siguieron riendo toda su larga y feliz vida juntos!
En cuanto a Hans, el novio desconsiderado, dada su buena posición laboral pronto encontró novia, por cierto fanática de las alcantarillas, con la que cada fin de semana recorren las más importantes de la ciudad, mientras él, embelesado, le va explicando lo más destacado de cada desagüe o sumidero, además de otros detalles técnicos de menor importancia. 
Como dije, la historia es difícil de creer, ¡pero así es como sucedió!
 

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